Con el inicio de un nuevo año, solemos crear una lista de propósitos a cumplir a lo largo del año, tal como bajar de peso, romper con un mal hábito, levantarnos a las 6 de la mañana a correr por el parque, obtener un mejor empleo, y cosas por el estilo. Durante los primeros días del año, o quizá, con un esfuerzo extra, logramos cumplir con estos propósitos un par de semanas, pero, después dejamos que el desánimo se apodere de nosotros y dejamos de lado esta lista, excusándonos de que no eran del todo necesarias, que estaban afectando otras áreas de nuestra vida, o que, simplemente, las dejaremos para un mejor momento.
Y se nos vuelve tan pesado eso de adquirir un poco de autodisciplina. Cuando miramos a personajes destacados en el mundo de la tecnología, tal como Steve Jobs, o el ámbito deportivo, como Michel Jordan, casi de inmediato los consideramos como un ejemplo de disciplina para alcanzar el éxito. Nos diera la impresión de que ellos tenían ya un camino bien definido por el cual les sería fácil andar de principio a fin. Los imaginamos como alguien admirable, pero nunca nos creemos que podemos lograr lo que ellos lograron, pues pensamos que ellos están en otro nivel, en una órbita tan lejana que sería imposible alcanzar. Y continuamos viviendo en la mediocridad.
Aunque tales personajes los vemos haber llegado muy lejos en sus trabajos profesionales, no nos damos el tiempo para analizar cómo han logrado tan grande éxito. Y no nos sería difícil descubrir que ellos tuvieron inicialmente una vida como la nuestra, y lograron un cambio significativo en ella gracias algo tan valioso y desapercibido que llamamos enfoque.
Aquí radica su éxito. En que tuvieron un enfoque, un propósito definido, un objetivo claro al cual seguir y dedicarse todos los momentos de su diario vivir. Ellos se enfocaron, en primer lugar, en una sola cosa. No en muchas, sino sólo en una. A diferencia de nosotros con nuestros propósitos de inicio de año que forman una gran lista, cosa que no está del todo mal, pero sería mejor proponernos una sola cosa, una sola meta, un solo objetivo qué cumplir, y a ello dedicarnos día tras día. Con muchos propósitos perdemos el rumbo fácilmente, nos dispersamos, disolvemos nuestra energía mental, y terminamos confundidos y agotados. Así que la clave está en el enfoque, en dedicarnos al logro de un sólo objetivo, a lograr una meta cada vez, a crearnos un hábito en torno a ese ideal que nos hemos propuesto alcanzar, y allí enfocar nuestra energía, hacer de esto una disciplina no excesiva, pero constante.
Con esto, podemos estructurar la forma en que construiremos una disciplina propia; esta estructura constaría de las siguientes partes: la primera, la elección de un único objetivo; un objetivo que nos motive y nos desafíe, que nos lleve a ser una mejor persona. Como segundo elemento, enfocarnos en este propósito, no perderlo de vista, dedicarle la mayor energía mental que dispongamos. De aquí vamos al siguiente escalón, que es crearnos una rutina, seguir con firmeza el trabajo, el espacio, el tiempo que hemos destinado para el logro de tal objetivo. Esto puede ser, levantarnos todos los días a las 6 de la mañana a ejercitarnos por una hora. Nos llegaremos a sorprender cuando descubramos que, al inicio, el esfuerzo suele ser enorme, pues habrá mil razones que nos asalten mentalmente para no realizar lo que nos propongamos; pero, conforme vamos avanzando, requerimos menos esfuerzo, y comenzamos a disfrutar de aquello que nos hemos propuesto realizar para alcanzar nuestro objetivo. Finalmente, pasados algunos días, quizá algunas semanas, aquella rutina diaria se nos volverá un hábito que habremos logrado incorporar en nuestra vida cotidiana, y sin el cual nos resultaría difícil prescindir.
Una vez conquistado este hábito, estaremos listos para el logro de un objetivo más, y, poco a poco, llegaremos a cumplir todo aquello que nos propongamos, y esto nos llevará a algo invaluable que será una gran satisfacción por estos logros. Empecemos hoy, sin posponerlo al inicio del próximo año nuevo!

